Deseo perverso e incestuoso

Publicado en agosto 26, 2009 por  

Caminábamos por el bosque cercano como siempre lo habíamos hecho, pero de algún modo esta vez era distinto. Seguramente porque hacia tiempo que no nos veíamos pues tú regresabas después de tu primer año en la universidad. Siempre hubo una cercanía especial entre los dos, pues yo era tu hermana mayor y en cierto modo te había protegido y ahora que eras ya un hombre yo tenía miedo que ya no necesitaras esa protección. Además estaba lo de las cartas. ¿Recuerdas?

Habían comenzado a llegar diariamente a mi apartado antes de tu arribo. Siempre quise saber quien te escribía y que te decía, pero me había retenido un temor extraño, un naciente sentimiento de celos que, en un inicio me pareció ridículo. Luego la curiosidad un poco malsana me había vencido. El primer texto era la continuación de otro anterior que yo ignoraba, y se leía en él: “Siento como te mueves dentro de mí y vuelvo a agitarme como ese día. Quiero que estés aquí, que no te hayas ido. Necesito la presencia de tu boca en mis pechos, tus suaves mordidas en mis pezones que se hacen duros, la forma como te desgranas ahí muy dentro de mí mientras yo grito mi calentura en nuestro solitario cuarto.”

Yo soy habitual lectora de relatos eróticos que estimulan mi soledad, de modo que la descripción no era novedosa para mí. Pero ahora, caminando a tu lado, todo se me parecía terriblemente real. Estaba con el personaje central del relato y eso ocasionaba en mi cuerpo un despertar que me hacia caminar de manera extraña y explicita.

Esas cartas yo te las había ocultado. Por nada del mundo quería que tu supieras de mi imprudencia y así fui caminando cada día a tu lado siempre apretando entre mis dedos esos papeles en que estaban los mensajes ardientes de tu amada, sin que tú lo supieras Así me fui dejando abrazar por una llama de celos interiores sin que tuvieras idea de lo que a mi me pasaba.

Esa tarde en particular, el papel parecía quemar mi mano mientras tú despreocupadamente mirabas al cielo tendido a mi lado sobre las hojas. Era terrible. “Como me gustaría volver a escuchar tus palabras diciéndome que te gusta sentirme latir alrededor de tu pene profundamente metido en mi intimidad y entonces vuelvo a sentirte entrar y salir, primero como con temor, luego con creciente confianza y por fin con una violencia que me ocasiona un placer casi perverso porque me gustaría que me hicieras sufrir para desearte aún más.”

Había leído dos veces este párrafo en la mañana. “Y se que me deseas con la misma intensidad que yo. Se que disfrutas de nuestros últimos recuerdos calientes y desesperados en que me entregué a ti como tú lo querías con una fuerza de yegua, con una habilidad de puta, de acuerdo a tus deseos salvajes. ¿Por qué no me lo habías dicho antes? Me hiciste sufrir dos meses sin decirme por qué no podías correrte completamente y aún me abraza el momento en que me pediste que te dijera que yo era tu Adriana… Si, tu Adriana… tu hermanita Adriana y fue como un sortilegio. Tu líquido estalló dentro de mi por primera vez llenándome violento y caliente satisfaciendo tu incestuoso y formidable deseo. Solo lamento que no hayamos tenido más tiempo para disfrutarlo y haberte brindado ese pedido tuyo que nos quedó pendiente.”

Me fui doblando sobre mi cama, abrumada por esa revelación inequívoca de lo que pasaba por la mente de mi hermano y de alguna manera me di cuenta cuan cerca estaba yo de estar sumida en ese mismo infernal deseo.

La mente se me llenó de imágenes y mientras apretaba en mi mano el papel con la caliente revelación, un orgasmo formidable se apoderó de mi vientre extendiéndose por todo mi cuerpo.

Al parecer me dormí solo unos minutos, para despertar con mi cuerpo tenso y alerta como si una fuerza endemoniada se hubiese apoderado de el tornándolo fresco y desafiante, mis pezones erectos me molestaban y me desnudé con la tranquilidad de quien va a una ceremonia conocida.

Me deslicé bajo sus sábanas llevando dentro de mí una hoguera desenfrenada que al calor de tu cuerpo pareció multiplicarse.

“Soy tu Adriana, no abras los ojos, solo siente mi cuerpo a tu lado. Ya llegaste al final del camino y ahora solo tienes que tomarme, así como yo de verdad soy, tu caliente, tu yegua y tu puta, así como me imaginaste.

Quiero llegar contigo a ese límite donde se funden el placer y el dolor y no quiero dejar nada pendiente, no quiero privarte de nada… llenarme así, de lado, encuéntrame entre mis nalgas que separo para ti y entra sin temor, lentamente, grueso y seguro, que yo te espero en cada pliegue y en cada latido porque allí, cuando por fin termines de entrar te estará esperando mi dolor más profundo y el placer más prohibido que seguiremos disfrutando las veces que tú quieras, porque nada te negaré.”

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